La excursión de los Utreias
      El 1º de julio de 1932 ondeó en un buque, por primera vez en la historia, la bandera gallega en solitario. Aquel acontecimiento tuvo lugar en el Balandro muradano Joaquín Pérez, propiedad de Don Antonio Pérez Rodríguez, con motivo de un crucero de estudios en el que participaban alumnos y maestros de diversos institutos gallegos, que partiendo de Muros se dirigían al puerto de Vigo recorriendo las Rías Bajas gallegas.
      La expedición, conocida como «de los Ultreias» salió de Muros el día 1 de julio de 1932 a las 7 de la tarde con rumbo a Noia, su primera escala en un viaje de 15 días de duración, en los cuales visitarían una buena cantidad de los puertos existentes a lo largo de esta parte de la costa gallega.
      Este es el relato que hace Álvaro de las Casas en el diario «El Pueblo Gallego» de Vigo en julio de 1932 sobre el comienzo del viaje de los Utreias:
     «1 de Julio, Muros. Nos erguimos a las cinco. Tiempo incierto; barómetros que incitan al optimismo y nubes que ponen la carne de gallina. Salen los chicos en la búsqueda de un caldero, y media hora después, junto a la fuente pública, estamos todos metidos de lleno en las tareas del aseo. Dormimos en el salón de sesiones del Ayuntamiento, y el agua fría, casi helada, nos reconforta. Desayunamos y salimos hacia Monte Louro. Parga Pondal con su ayudante Casado y un grupo de ultreias, trabajan recogiendo muestras de rocas y arena; Xurxo Lourenzo, con otros, estudian el románico de San Francisco; Ramón Martínez López inicia a cuatro o cinco chicos en la recogida del folclore. A las diez nos bañamos todos en la playa de Xixide, después de media hora de gimnasia dirigida por Marino. Volvemos a Muros a mediodía. Con un sol que golpeaba, estamos destrozados y nadie tiene alientos para cocinar. Sale Xosé Martínez López a buscar una taberna donde nos preparen algo muy económico: no podemos hacer mucho gasto. Y llega gozoso, triunfante, con una gran olla: arroz, polvo de chorizo, aroma de bacalao y esencia de patata. Almorzamos los 24 expedicionarios por seis pesetas. Tomen buena nota cocineras y administradores y sepan hasta donde pueden estirarse veinticuatro reales (honradamente debo confesar que el pan es cuenta aparte). Dedico la tarde a despachar el rol y a pasar las últimas revistas al barco. A las seis vienen a despedirnos el alcalde, el secretario del Ayuntamiento, el simpatiquísimo juez Bartolomé Lojo, el secretario del Juzgado, muchos amigos y un montón de gente. Izamos la bandera de marcha. Media en mí un cúmulo de emociones; tiembla en mis manos la cartilla de marinero que me acaba de entregar el caballeroso y gentilísimo marino D. Xosé Pereira. «Ya soy marinero, ya sé navegar». Llega a bordo, para acompañarnos hasta Noia, mi gran amigo y antiguo patrón «Moncho Moxetas» disculpa mi buen compañero que te llame por el apodo; tú puedes llamarme como quieras; entre nosotros, que somos gente de mar...«A las siete arriamos la bandera de marcha, levamos anclas e izamos la bandera gallega. La gente del muelle nos despide con emocionadas palabras; Nosotros, apretados en la proa, cantamos el himno de Ultreia con lágrimas en los ojos, es un placer infinito que nos llega al alma. Hasta después de salir de la dársena de Louro, navegamos como por un lago de ilusión, luego...luego damos brincos como titiriteros. Pero aquí nadie se marea, nadie tiene miedo. Para distraernos (hay que decir así para disimular) emprendemos la grata faena de pelar patatas. Pasamos el canal de A Creba y embocamos la ensenada de O Freixo embrujados por la maravilla de un atardecer imponderable. Aquí saltan a tierra Parga Pondal, Encisa, Mengoti y Veiras que no tardan en volver cargados de leña y patatas. Seguimos a Testal y aquí, a las diez de la noche, varamos el barco para mañana poder lastrar más cómodamente»
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