Naufragios
      Muchas han sido las pérdidas humanas sufridas en Muros por mor de las tragedias ocurridas en el mar. Cientos de hombres perecieron en él, procurando sustento a sus familias y para mantener vivo susueño de alcanzar una vida digna y tranquila.
      Paradójicamente, el mismo elemento que durante siglos ha dado vida y prosperidad a esta villa, ha sido, a su vez, el que más víctimas se ha cobrado de la misma. Como si la tragedia fuese un obligado tributo a su tan necesaria aportación.
     A pesar de los peligros, siempre ciertos, que significan las profundas aguas de inesperada bravura, el coraje y la necesidad llevarona gran parte de la población a enfrentarse durante siglos, y casi sin recursos, al indomable océano.
      En una de las zonas más peligrosas del Atlántico, curtidos marineros, en todo tipo de embarcaciones, gran parte de ellas endebles y de pequeño tamaño, afrontaron la incertidumbre que supone aventurarse mar adentro sin más ayuda que su destreza y su suerte. La cual pocas veces ha jugado a su favor ante la tragedia. Aunque no siempre fueron grandes temporales o traicioneros vientos los causantes de tantas desgracias. Su propia temeridad les llevaba, muchas veces, a jugarse la vida. otras muchas, indeseados incidentes en sus naves eran la causa de su infortunio.
      Esta dependencia, que desde sus inicios ha tenido Muros con el mar, ha sido causa principal de su progreso, pero también de muchas de sus más dolorosas penas. Penas soportadas por aquellos que esperaban, siempre ansiosos, el regreso de sus seres más queridos. Y penas de toda una comunidad que, a pesar de conocer los riesgos y de haber vivido tantas veces la fatalidad, sigue sufriendo con todos y cada uno de sus vecinos, cuando las salobres aguas se cobran la vida de alguno de ellos.
      Seguidamente, hago una relación de algunos de los naufragios ocurridos cerca de nuestras costas. En la mayoría de los cuales hubo que lamentar pérdidas humanas, ya bien fuesen de habitantes del ayuntamiento o de aquellos que por unau otra razón se han visto relacionados con el mismo.

Naufragio en A Creba
      El 21 de noviembre de 1533, varios barcos de Muros y Noia estaban pescando sardinas en la ría, cerca de la isla de A Creba. Era un viernes por la mañana temprano cuando se levantó una fuerte tormenta de viento, acompañada de fuertes lluvias y granizo. Dado que la mayoría de los botes tenían los aparejos largados, no quisieron regresar a tierra sin recoger las redes, por lo que no tuvieron oportunidad de evitar la tragedia que se cernió sobre ellos.
      Aunque algunos pudieron llegar a puerto, fueron muchos los que se vieron envueltos por las olas y el viento. De modo que, cinco de ellos, cuando ya habían puesto rumbo al puerto de Muros naufragaron. Cuatro se hundieron al inundarse sus bodegas y el otro fue empujado por el viento contra las rocas de la isla quedando totalmente destrozado por los golpes de mar. Trece marineros murieron; otros pudieron llegar a la orilla nadando o aferrándose a los restos de sus despedazadas embarcaciones. De los trece muertos, 12 eran de Muros y uno de Noia.
      Algunas naves de Noia lograron acercarse a la costa abandonando sus los aparejos, y sus tripulantes consiguieron salvar sus vidas antes de que los barcos naufragasen. Otros, que habían puesto rumbo al puerto de la villa noiesa, con los depósitos cargados de sardinas, lograron arribar al destino con sus cargas. Pero de nada les valió el riesgo, ya que estas fueron completamente inútiles debido al agua que había inundado sus depósitos.

Naufragio del Lissabón
      El 30 de octubre de 1900, a seis millas del Cabo Fisterra, en los bajos de Meixidos, se hallaba encallado, sin posibilidad de maniobrar por haber perdido una hélice al tocar en el fondo de los bajos, el vapor Lissabón. Era un buque de bandera alemana construido en el 1892, y con un desplazamiento de 950 toneladas, que se dirigía a Muros, proveniente de Bristol, para cargar sardina salada con destino a Génova.
      Desde Muros se cursó un telegrama a la compañía alemana Rob M. Sloman avisándole de los problemas que tenía el barco y de su posición. Nada más recibir la noticia en Vigo, donde la empresa tenía oficinas, partieron hacia zona los vapores de pesca, el Prim y el Valentina, ambos con base en Bouzas, con el encargo de remolcar al Lissabón hasta el puerto de Muros. Los dos vapores consiguieron dar remolque al buque y llevarlo hasta el muelle de la Villa, donde fue parcialmente arreglado para, con la ayuda de los dos remolcadores, poder volver a Vigo y ser reparado totalmente.

Naufragio del Cardenal Cisneros
      La Villa de Muros ostenta desde tiempo inmemorial los títulos de «Muy Noble y Muy Leal». Un acta del Ayuntamiento de 10 de enero de 1810, hace referencia en su encabezado las siglas «L. M. N. y L Villa de Muros», En dicha acta se da cuenta de un despacho del Gobernador Militar y político de Santiago y su provincia. Pero esta distinción es mucho más antigua, puesto que ya en un oficio del arzobispo de Santiago del año 1612, se llama a Vila «Muy Leal» en un recibo de cuentas, expedido por el tesorero general del Rey en Galicia, sobre el impuesto de arbitrios de la Villa, En el año 1742 se hacía constar en los documentos del Ayuntamiento como «Muy Noble y Leal»
      Sin embargo, no es hasta el año 1906, concretamente el 29 de septiembre, cuando el rey Alfonso XIII le concede el título de «Muy Humanitaria», aplicando un Real Decreto de 9 de octubre de ese año que le concedía este reconocimiento por la labor que los vecinos del pueblo llevaron a cabo en el salvamento de los náufragos del Cardenal Cisneros, hundido junto a los bajos de Meixidos.
      Este barco, que solía hacer de escolta al yate Real «Giralda», fue incorporado la división naval de instrucción para realizar ejercicios en las Rías Gallegas. Partió el 28 de octubre de 1 905 de su fondeadero en Muros con rumbo a Ferrol para reparar unas averías en las calderas. Al pasar a unas dos millas y media de los bajos de Meixidos, tocó con una roca que no aparecía en la carta; produciéndole una rotura en el lateral del casco de más de 50 metros y afectando directamente a todas las cámaras de calderas, y parte de la sala de máquinas de proa. Ante tan grandes daños, la tripulación no pudo controlar la inundación y debió abandonar el buque.
      Los tripulantes contaron con la inestimable ayuda de la gente de Muros, que los acogieron y les dieron hospedaje y cuidados. Fueron 544 los náufragos salvados y atendidos por la población muradana. En agradecimiento a vecinos de la Villa por la ayuda prestada, le fue otorgado al concejo el tercer título que luce en su escudo.

Naufragio del Larache
      El día 24 de junio de 1908, festividad de San Juan, el buque mixto de carga y pasaje Larache hacía la ruta de Cádiz a Bilbao, llevando a bordo 208 pasajeros en tránsito, 97 de ellos habían hecho efectuado el transbordo en la ciudad andaluza, procedentes de Mar del Plata (Buenos Aires) y tenían como destino varios puertos gallegos. Aparte de los pasajeros viajaban también en el navío 54 tripulantes.
Después de haber hecho escala sin novedad en Vigo, donde habían desembarcado una gran parte del pasaje, se desvió de la ruta directa con el objeto de descargar sal en Santa Uxía de Ribeira, de donde partió a las dos de la tarde con rumbo a la ciudad herculina, lugar al que se dirigía para dejar otra parte del pasaje antes de continuar su ruta hacia el País Vasco.
      A las cuatro y media de la tarde, cuando navegaba con rumbo a A Coruña, se formó una espesa niebla y, por causas desconocidas, al poco tiempo el barco chocó contra las piedras de los bajos de Ximiela, a tres millas de Monte Louro, cerca de donde se hundiera el Cardenal Cisneros. La embarcación estaba comandada por el Capitán Ibargaray, experimentado marino con una amplia experiencia y muchos años de servicio en la compañía, quien ya había hecho esa ruta en alguna otra ocasión. Por lo tanto, conocedor de la misma.
      El segundo maquinista, uno de los supervivientes, fue el responsable de que no explotasen las calderas al tomar la iniciativa de parar la máquina en el momento de la colisión, dando margen a que se pudiese arriar un bote salvavidas. A pesar de todo, el caos y la confusión que se desataron a bordo, así como el escaso tiempo que el buque se mantuvo la flote, tan so 8 minutos tardó en sumergirse, impidieron organizar el salvamento, y el bote, que se llenó de gente, naufragó junto al barco.
      De las 151 personas que viajaban a bordo del Larache en el momento del accidente, tan solo fueron rescatadas con vida 61, las cuáles fueron recogidas completamente desnudas por los pesqueros que se encontraban en la zona y llevad.
      El vapor Weller de Rouzas, con el ayudante de marina a bordo, junto al teniente de carabineros, el administrador de aduanas y el médico municipal; se dirigió al lugar del siniestro sobre las siete de la tarde, pero a su llegada solamente consiguieron ver la punta de los palos del vapor, y varios objetos flotando.
Ya no quedaba en el entorno ninguna embarcación, ni vieron cuerpo alguno sobre el agua. Ante la dificultad de llevar a cabo labores de búsqueda, debido al fuerte oleaje, recogieron tres salvavidas, la una puerta de un camarote y un ramo de flores artificiales y, a las ocho de la noche, abandonaron el lugar del naufragio.
      Cuando arribaron al muelle de Muros, sobre las nueve de la noche, ya se encontraban en la Villa 47 supervivientes que habían sido rescatados por los pescadores locales y estaban siendo atendidos y aprovisionados de ropa, alimentos y tabaco. Todos ellos fueron alojados en casas del pueblo por los vecinos. Otros 14 se encontraban en Porto do Son, donde habían sido trasladados por los barcos de aquella localidad que también habían participado en el rescate.
      En el puente del barco hundido viajaban el capitán José Ibargaray, el práctico de costa Manuel Pérez, el médico y el capellán de abordo, pereciendo todos ellos ahogados.
      La compañía propietaria del barco envió a Muros otro vapor, el Leonora, para recoger a las víctimas, pero muchos de los supervivientes no quisieron volver a embarcar y fueron trasladados por tierra.
      El Larache, un vapor de los conocidos como «Lanzadera», porque solían hacer la ruta de enlace de los puertos donde arribaban los grandes correos que viajaban a América con los demás puertos de la península. Pertenecía a la Compañía Trasatlántica Española. Era un barco de 80 metros de eslora y 7 de manga que había sido construido en 1872. En su botadura fue bautizado con el nombre de José Baró. Disponía de 22 literas de primera clase, 10 de segunda y 310 de tercera.
      Nunca se llegó a conocer la razón por la cual el Larache llegó a desviarse tanto de su rumbo como para llegar a chocar con las piedras, teniendo en cuenta la experiencia del capitán y el gran conocimiento de la costa que tenía el practico que iba a bordo. El naufragio del Larache seguirá siendo uno de los tantos misterios sumergidos para siempre en la Costa da Morte.
      Desde la Comandancia de marina, y desde la compañía armadora del barco, se enviaron sendas notas de agradecimiento a los muradanos por su comportamiento en ese naufragio. Una vez más, el pueblo de Muros había mostrado al país su solidaridad con las víctimas de una tragedia, al igual que ya había hecho en el naufragio del Cardenal Cisneros.

Naufragio de «El Goday»
      El 30 de noviembre de 1910 naufragaba en la bocana de la ría el balandro conocido como «El Goday»; procedente de Vigo con destino al puerto de Muros, donde debería haber atracado el día 29. Casi al final de su travesía fue sorprendido por un gran temporal de lluvia y fuertes vientos. Durante interminables horas estuvo su tripulación peleando contra el mal tiempo, intentando a toda costa alcanzar la ría; donde podrían ponerse definitivamente a salvo. Después de luchar durante toda la noche con el viento y las grandes olas, consiguieron, sobre las ocho de la mañana, llegar a las cercanías de Monte Louro.
      Creyéndose ya a salvo, giraron con rumbo nordeste para dirigirse al puerto de Muros. La desgracia quiso que una ráfaga de viento hiciese volcar la embarcación cuando ya estaban entrando en la ría. Muchos vecinos de Louro acudieron a la playa de San Francisco para intentar ayudar en el rescate de los náufragos, pero la fuerza del viento y el oleaje les impidió echar al agua los botes de pequeñas dimensiones que se encontraban varados en el arenal. Aquella gente no pudo más que observar con impotencia como los marineros del balandro intentaban ganar la orilla nadando. De los cinco tripulantes del «El Goday», tan solo cuatro consiguieron llegar a tierra. Un marinero, vecino de Muros, llamado Luciano Vázquez, falleció ahogado entre las olas al no poder alcanzar la ribera.

Naufragio del X-2
      El 3 de octubre del año 1922, el vapor con base en Muros X-2, se hundió a 3 millas al norte de las Basoras al ser arrollado por el vapor con matrícula de Corrubedo, Guerra. El buque causante de la tragedia huyó del lugar del siniestro, dejando abandonados a los tripulantes del X-2. Probablemente, debido la rapidez con la que el barco se fue a pique, sus tripulantes fueron arrastrados al fondo por el mismo, o se ahogaron en su posterior lucha contra las olas y las bajas temperaturas del agua. Solamente apareció el cuerpo de uno de los tripulantes, Jesús silva, maquinista y natural de la villa de Muros, que fue encontrado por el Portals, otro vapor con base en el mismo puerto de Muros, que pasó por el sitio doce horas más tarde. A pesar de haber sido encontrado con vida, a consecuencia de su larga lucha con el mar y del frío soportado durante tantas horas sumergido, falleció al poco tiempo de haber sido rescatado.
      Dada la voz de alarma por el Portals, acudieron al lugar varios barcos que rastrearon la zona en busca de algún superviviente, no encontrando ni un solo indicio que les permitiera recuperar alguno de los cuerpos. Los siete tripulantes desaparecidos fueron dados finalmente por muertos, teniendo en cuenta las más de doce horas transcurridas desde el desastre.

Naufragio del Ariete
      El 25 de febrero de 1966, alrededor de las 10 de la noche, embarrancó en la playa del Ardeleiro (bajos de la Arquiña), cerca de la capilla de los Remedios de Lira, la fragata Ariete. Esta fragata, perteneciente a clase Audaz, que había sido construida en Ferrol y botada el 24 de febrero de 1955, sirvió de escolta al buque Sra. María Moro, y pasó a formar definitivamente parte de la Armada en diciembre del año 1961. Era una embarcación de 94 metros de eslora y 1552 toneladas de desplazamiento.
      Partió de Ferrol, con rumbo a Cartagena, a las 12 de la mañana del día 24 de febrero de 1966. El tiempo fue empeorando según se fueron aproximando a Fisterra. Ya a la altura de cabo Touriñán, los vientos alcanzaban fuerza 9, con rachas de hasta 120 kilómetros por hora. El capitán del Ariete,  D. Francisco Carrasco Ruiz, ordenó reducir la marcha y continuar navegando con rumbo sur. Con muchas dificultades, alcanzaron de Fisterra, donde ya se encontraron con mar fuertemente arbolada. Nada más sobrepasar el famoso cabo, comenzaron a surgir una serie de complicaciones que serían el preludio de la tragedia final.
      Después de sufrir una avería en la giroscópica y romper las bombas que suministraban agua a caldera, en mitad del fuerte temporal, y con el barco casi sin gobierno, el capitán decide arribar a un puerto seguro para reparar el buque. Como primera opción pensó en dirigirse a Muros, pero cambió de idea al considerar que podrían reparar mejor los daños en la base de Marín. Finalmente, optaron por dirigirse al puerto de la Escuela Naval Militar de esa localidad. A medida que oscurecía, la situación se fue complicando. Las cosas empeoraron, cuando un golpe de mar abrió un agujero en la proa del barco.
      Después de pasar la noche luchando contra el mal tiempo y las adversas condiciones del navío, ya de madrugada, se vieron en la obligación de parar las máquinas.
      Al despuntar el día, se encontraban a la altura de Corrubedo, totalmente al garete y siendo sacudidos porm las enormes olas. Debido a las averías eléctricas, no pudieron solicitar ayuda hasta media mañana. Su mensaje de socorro fue recibido por la radio costera de Fisterra, y por un petrolero de C.A.M.P.S.A, el Camporraso, que hacía la ruta de Bilbao a Algeciras. A las 12:30, el petrolero llegó hasta el Ariete, pero nada pudieron hacer, más que escoltarlo, al no disponer de medios para intentar un remolque.
      La fragata se encontraba peligrosamente cerca de los bajos de A Praguiña, en Corrubedo, y seguía derivando hacia el noreste. Alrededor de la una del mediodía, estando ya el Ariete a la altura de Monte Louro, llegó a su lado el destructor Legazpi, que consiguió darle un remolque. Pero las estachas no soportaron la fuerza ejercida por las olas, y se partieron con facilidad. Después de muchos intentos por renovar el remolque, sin conseguirlo, se acercaron peligrosamente a los bajos de Meixide.
Allí, los barcos que lo escoltaban, tuvieron que apartarse ante el riesgo de embarrancar. El Ariete consiguió pasar a la deriva por entre las rocas, sin tocar en ellas, a pesar de las olas de más de 12 metros que sacudían violentamente la nave. Pero, sobre las 10:00 de la noche, ya totalmente a oscuras, la nave terminó embarrancando cerca de la playa del Ardeleiro, en Lira.
      Con una admirable destreza y sangre fría, alumbrados por las luces de dos tractores y ayudados por los vecinos de esa parroquia, que se adentraron en el mar, arriesgando sus vidas, los tripulantes del Ariete consiguieron echar un cabo a tierra y armar un andarivel. Con la improvisada tirolina, y utilizando unas cestas que tenían a bordo, se pusieron a salvo todos los marinos que viajaban en el buque siniestrado. 168 personas salvaron su vida aquella noche.
      Como agradecimiento a la villa de Muros, por su acogida a los náufragos del Ariete, una de sus anclas fue obsequiada al Ayuntamiento por las autoridades de marina. Esta estuvo muchos años instalada en el Curro da Praza, donde se encontraba también un cañón del mismo barco. Hoy en día se puede ver esta ancla en el paseo marítimo, a la entrada de la Villa, junto al puerto deportivo.
      El periódico La hoja del lunes, en su edición de 28 de febrero de 1966 sacaba este artículo:
«El heroico comportamiento de los vecinos de los pueblos de Carnota, Lira y Muros, que desde los primeros momentos acudieron, sin regatear esfuerzos, a prestar todo el auxilio posible en las tareas de rescate de la tripulación de la fragata Ariete, ha merecido los elogios de las autoridades de Marina. En efecto, es muy de destacar la actuación de estas gentes que han puesto de su parte todo lo posible para llevar a buen término el salvamento de la dotación del buque varado en las cercanías de la ría de Muros».
      «LOS NÁUFRAGOS DEL ARIETE ASISTEN A UNA MISA»
      «Marín, 27. (Cifra). -El ministro de Marina, almirante Nieto Antúnez llegó a la Escuela Naval Militar, donde le rindió honores el batallón de la Escuela y la Compañía de Marinería a la que pasó revista, que desfiló ante el Ministro y el Director de la Escuela.
      Después asistió a una misa en la capilla de la enfermería de la Escuela a la que asistieron los náufragos del Ariete. Terminado el oficio religioso pronunció unas palabras a la dotación del Ariete haciendo grandes elogios de su disciplina, que permitió el salvamento de toda la tripulación, poniendo de manifiesto la unión de las Marinas de Guerra, Mercante y de Pesca. Elogió a la tripulación del Legazpi, que contribuyó al salvamento de la dotacióndel Ariete, y posteriormente salió para Muros para visitar el lugar donde se produjo el accidente del Ariete. Por su colaboración y valentía, 67 vecinos fueron condecorados con la medalla al mérito civil».
      El ayuntamiento de Carnota pasó a lucir desde entonces en su escudo el título de «Muy Humanitaria»    Un tripulante del petrolero de C.A.M.P.S.A murió al intentar el remolque, y uno de los marineros del Legazpi perdió un brazo en las maniobras.
      El 18 de abril de 2006, tuvo lugar en Lira, cerca del sitio donde ocurriera el naufragio, un homenaje en recuerdo a aquel dramático acontecimiento. Asistieron al mismo, además de las autoridades locales, encabezadas por el alcalde de Carnota, don Xosé Manuel García, el almirante jefe del arsenal de Ferrol, Francisco Cañete, que presidió los actos, y 48 veteranos de aquellos 168 que formaban parte de la tripulación del Ariete.

Naufragio San Eusebio
      La noche del jueves 18 de noviembre de 1976, el pesquero muradano San Eusebio naufragaba al tocar con las piedras en los bajos de Punta de Lens, cuando regresaba al puerto de Muros a descargar sus capturas. Fue un taxista, que vio las bengalas lanzadas por la tripulación, quien, sobre las diez de la noche, alertó a la Ayudantía de Marina de Muros.
      A bordo del Félix Villar, se hicieron a la mar el ayudante de marina y el patrón del propio barco, un bou que, precisamente, había naufragado cuatro años antes cerca de Monte Louro, y había sido reflotado. Cuando llegaron al lugar del accidente, el San Eusebio se encontraba escorado y semihundido. Pero el Félix Villar no pudo acercarse, debido al peligro que suponían los bajos. Fue un pequeño pesquero de Portosín, que se encontraba por la zona y había llegado ya al sitio del accidente, el que rescató, con la colaboración del bou, que alumbró con sus focos la operación, a los diez tripulantes del barco siniestrado, trasladándolos sanos y salvos hasta el puerto muradano.

Naufragio del Peña Negra
       Al mediodía del 24 de abril de 1981, se hundía a unas ocho millas de Monte Louro, debido a lo que se cree fue un desprendimiento del eje de cola, el pesquero muradano Peña Negra. A consecuencia de la avería se produjo una rápida inundación que hizo zozobrar al buque.Ayudados por los arrastreros, María Auxiliadora y Juanito Concepción, los diez tripulantes del barco accidentado lograron ponerse a salvo.
      El patrón y armador del barco, don Felipe Martínez Caamaño, contaba posteriormente al periodista de La Voz de Galicia, Manuel Abelleira: «Habíamos salido a las cinco y media de la mañana. Siete horas después, cuando estábamos realizando la maniobra de faenar, subiendo las redes al barco, pedí avante y fue cuando nos dimos cuenta de que el barco no podía moverse. Intentamos movilizarlo y sentimos como unos golpes secos, pero quedó inmóvil definitivamente. Entonces, gritaron desde la sala de máquinas informándonos de que se había producido una vía de agua».
      El grueso de la tripulación abandonó la nave en una de las balsas salvavidas, ante el temor de que el hundimiento se produjese rápidamente, quedando a bordo el patrón y el contramaestre. Felipe Martínez comentaba a cerca del intento de remolque: «Llegó el María Auxiliadora y nos lanzó un cabo con ánimo de arrastrarnos hasta puerto, pero todo fue inútil. El barco se escoró. Entonces, el María Auxiliadora se acercó más para que pudiésemos pasar a él, sufriendo en este atraque algunos golpes en su casco. Poco después nuestro barco se hundió» (*)

(*) La voz de Galicia. 25-4-1981

Naufragio del Cizurquil
      El 3 de mayo de 1982, fue para el ayuntamiento de Muros uno de los días más trágicos de su historia reciente. El pesquero muradano, Cizurquil, se encontraba a unas siete millas al oeste de cabo Fisterra, donde solía, al igual que muchos otros barcos con base en el puerto de Muros, largar sus aparejos en lo que era su caladero natural en la Costa da Morte.
     Constaba su tripulación ese día de ocho hombres, todos ellos pertenecientes al ayuntamiento de Muros. Habían hecho el último lance de la jornada, y el buque iba en arrastre, por lo cual la mayoría de los hombres se encontraban en el interior del barco, en espera de ser llamados para recoger el aparejo. Tan solo el patrón, y copropietario del barco, Juan Antonio Vázquez Martínez, ocupaba el puente de mando en esos momentos.
      Alrededor de las seis de la tarde, divisó un mercante de considerable tamaño que se dirigía directamente hacia ellos. Se trataba del carguero iraní Iran-al-Ham.
      El patrón del Cizurquil, ante la imposibilidad de maniobrar para evitar el fatídico encuentro, debido a las limitaciones que suponía el lastre del aparejo, intentó desesperadamente alertar al carguero. Pero el buque iraní continuó con su fatal trayectoria, sin desviar en absoluto su rumbo.
      El patrón del pesquero, apenas pudo contemplar cómo aquella mole de hierro se les echaba encima, teniendo apenas tiempo de enviar una señal de socorro. El barco asiático los arroyó violentamente, sin que los marineros tuviesen tiempo de ponerse a salvo.
      En menos de cinco minutos el Cizurquil se fue a pique, con siete hombres en su interior. Solamente el cuerpo del patrón, que se supone fue despedido por la colisión, fue rescatado de las aguas, aunque ya sin vida. Todos los demás ocupan tes fueron arrastrados al fondo del mar por el propio barco.
      El petrolero de C.A.M.P.S.A Campobierzo, captó la llamada de socorro del arrastrero y la transmitió inmediatamente a la radio costera de A Coruña, pero sus tripulantes tan solo pudieron observar cómo se hundía el barco muradano, sin poder hacer nada por rescatar a los marineros.
      Inmediatamente después de recibirse en A Coruña la llamada de socorro, partió hacia el lugar del suceso la lancha de la Cruz Roja de Fisterra. Comenzaron enseguida las labores de rescate, llevadas a cabo por el propio petrolero, dos helicópteros enviados por la comandancia de marina, e incluso el barco iraní causante de la desgracia, que fue luego dirigido al Puerto de Vigo.
      Cientos de familias enteras se desplazaron hasta el puerto muradano aquel día, para esperar allí las nuevas sobre las labores de rescate, que fueron suspendidas sobre las diez de la noche debido la imposibilidad de continuar con los trabajos por la falta de visibilidad. Al día siguiente, se incorporó el remolcador con base en Vigo, Remolcanosa cinco, para reanudar las tareas de búsqueda de los desaparecidos.
      A pesar de todos los esfuerzos, no se encontró ningún otro cuerpo. El cadáver de Juan Antonio Vázquez Martínez, de 49 años, patrón y armador, natural de Quilmas y casado en Muros, fue trasladado al puerto de Fisterra por uno de los pesqueros que también acudieron al salvamento. Por el resto de los tripulantes nada se pudo hacer. Sus cuerpos descansan para siempre en el fondo de las aguas del Atlántico.
      Aquellos abnegados marineros eran, además del patrón: Manuel Ramón Núñez Fernández, casado, natural de Esteiro-Muros, 51 años, mecánico y armador; Luis Sanvicente París, natural de Muros, casado, 41 años, engrasador; Cesar Candamo Candamo, natural de Muros, casado, 50 años, contramaestre; y los marineros, Felipe Candamo Echeverry, natural de Muros, casado, 38 años; Manuel Fernández Formoso, natural de Louro-Muros, casado, 34 años; Salvador Sanvicente Lago, natural de Muros, soltero, 26 años, hijo de Luis Sanvicente, y Manuel Caamaño Fernández, natural de Muros, casado, 49 años.
      Se dio la casualidad de que el otro copropietario del pesquero, que también formaba parte de la tripulación, no había podido salir al mar ese día por encontrarse enfermo, salvándose así de correr la misma suerte que sus compañeros.
      El 4 de mayo, bajo un ambiente de desolación y tristeza, se celebraron en la Villa los actos por el entierro del patrón, Juan Antonio Vázquez Martínez. Se calcula que acudieron al dicho acto unas 7.000 personas.
      La consternación era total. Las banderas del Consistorio ondearon a media asta. Todos los edificios oficiales lucían crespones negros, al igual que los barcos, que no salieron aquel día a faenar. También colgaban en muchos balcones de las casas lazos o crespones, mostrando su dolor por la desgracia acontecida. Los taxis lucían cintas negras en sus antenas, los comercios cerraron durante el entierro y no hubo subasta de pescado en la lonja, en señal de duelo por las víctimas.
      El 7 de mayo se celebraron los funerales por los desaparecidos en la Iglesia parroquial de la Villa. Los actos fueron oficiados por el arzobispo de Santiago, Monseñor Suquía, y asistieron a los mismos las máximas autoridades de la comunidad, encabezadas por el entonces presidente de la Xunta, Don Gerardo Fernández Albor. Una multitud de más de 12.000 personas estuvo presente, apoyando a los familiares en aquel acto. También asistieron los medios de comunicación más importantes de España, y algunos extranjeros, para cubrir en directo el devenir de los acontecimientos.

Naufragio del Cason
      El 5 de diciembre de 1987, a primera hora de la mañana, el buque con bandera panameña, Cason, lanza una señal de auxilio al provocarse un incendio en una de las bodegas de proa.
      La tripulación del carguero la componían 31 hombres, la mayoría de ellos de nacionalidad china.
Ante la incapacidad para extinguir las llamas, sus 31 ocupantes abandonaron precipitadamente el barco, que terminó embarrancando en la playa de O Rostro.
      Las circunstancias que rodearon el accidente hicieron sospechar a las autoridades, y a los vecinos de la zona, que el mercante podría transportar materiales peligrosos para la salud y el medio ambiente. Dos días más tarde, la Comandancia de Marina de A Coruña confirmaba que, efectivamente, el barco transportaba productos tóxicos, lo cual alarmó aún más a la población, que comenzó a abandonar los pueblos cercanos escapando del peligro. El día 10, la administración enviaba a la zona una gran cantidad de autobuses para evacuar a los habitantes de Fisterra, de los cuales una buena parte fueron acogidos en Muros. Otros muchos de los ayuntamientos vecinos -Cee, Corcubión, Muxía...- abandonaron también sus casas, desplazándose por sus propios medios, principalmente hacia A Coruña y Santiago.
      Parte de la carga del buque incendiado fue llevada a las instalaciones de Álúmina Aluminio, en San Cibrao (Lugo).
      El oscurantismo con el que se llevó a cabo el transporte estimuló la teoría de que el buque llevaba una carga amenazadora. Se llegó a especular con que podría tratarse de residuos nucleares. Sin embargo, el día 11 comenzaron a regresar a sus casas la mayoría de los evacuados, y se fue, poco a poco, recuperando la normalidad.
      En el accidente fallecieron 23 de los 31 tripulantes que iban a bordo.
Posteriormente, se procedió a desguazar los restos del navío. Pero nunca se llegó a conocer cuál era realmente la carga que tanta alarma había causado en la zona.

Naufragio del La Xana
      Era el mes de octubre de 1991, un mes trágico para la Costa da Morte, que ya se había apropiado de 23 vidas cuando el La Xana, un pesquero muradano con ocho tripulantes a bordo, embarrancaba en los bajos de Moador, frente a la ermita de A Virxe da Barca, muy cerca del puerto de Muxía.
      A pesar del mal tiempo que azotaba toda la costa aquella mañana, varios barcos de Muros se habían hecho a la mar. Pero, ante la amenazante furia de las aguas, muchos de ellos optaron por regresar a puerto.
No consideró, sin embargo, tan peligrosa la faena el patrón del La Xana, que mantuvo el rumbo hacia su caladero natural al norte del cabo Fisterra.
      Eran poco más de las cinco de la madrugada, cuando la tripulación del pesquero detectó una vía de agua en el compartimiento de máquinas. Debido a ello, el motor se detuvo y el barco quedó a la deriva. Castigado por las olas y por el viento, fue irremisiblemente empujado hacia la orilla.
      Tan solo una hora más tarde, pasadas las seis de la madrugada, el arrastrero chocó contra las rocas, y en pocos minutos, el frágil casco de madera se hizo añicos, zozobrando la embarcación entre fragosos golpes y crujidos.
      Tres de los tripulantes lograron ponerse a salvo en las rocas, tras ser despedidos en una de las embestidas. Los demás no tuvieron tanta suerte, y desaparecieron entre la espuma de las olas y los restos del navío.
      La mala nueva se conoció en Muros casi de inmediato, y conmocionó a una población tristemente acostumbrada a sufrir las consecuencias de tan amargos sucesos, pero, no por ello, inmune al dolor que causó aquella tragedia.
      Las labores de rescate comenzaron de inmediato. Fueron muchos quienes se desplazaron hasta A Barca, para seguir de cerca los acontecimientos. Muchos, también, se prestaron a tomar parte en el operativo de búsqueda que se había desplegado. Se instaló en la casa del mar de Muxía el centro de operaciones, desde el cual se dirigían las mismas.
      Numerosas personas, presentes en el lugar del naufragio, ayudaron a los rescatadores en la tarea revisar los restos del barco, e intentaron, haciendo una cadena humana, recuperar el aparejo para comprobar si algún cuerpo se encontraba enmallado en él.
      Todo fue inútil. Los cinco hombres se dieron por desaparecidos, hasta que el mar los devolviese a la orilla o saliesen a flote en el océano.
      A la mañana del día siguiente, dos cadáveres eran hallados en la zona conocida como Bodeirón, a dos millas de la punta de A Barca. Los cuerpos pertenecían a Manuel Antonio Ramos Fernández y Manuel Ángel Lestón Romero, ambos vecinos de Muros.
      A pesar de las dificultades, las labores de búsqueda no se detuvieron, y nueve días después del siniestro aparecían los cuerpos de otras dos víctimas. Fueron hallados los restos mortales de Martín Manuel Rama Lestón, el miembro más joven de la tripulación, y Bruno Bermúdez Freire.
      Después de casi dos semanas explorando la costa y buscando sin descanso por el inclemente océano, ningún otro cuerpo fue encontrado. El contramaestre, Manuel Santiago Lago, desapareció para siempre en la inmensidad del mar. Acompañando así, en su eterno descanso, a tantos y tantos marinos que han dejado su vida en la tristemente famosa Costa da Morte gallega

Naufragio del Santa Ana
      El lunes 10 de marzo del 2014, sobre las cuatro y cuarto de la madrugada, zarpaba de Avilés, con rumbo a su caladero en el cantábrico, el buque pesquero con pabellón portugués Santa Ana. A pesar de estar matriculado en el país vecino, este barco era propiedad del armador muradano José Balayo, quien tenía, además, otros barcos por la zona dedicados, al igual que el Santa Ana, a la pesca de la caballa.
      La tripulación del pesquero estaba compuesta por cuatro vecinos de Muros, un asturiano, dos portugueses y dos indonesios.
      Nada hacía presagiar que esa mañana pudiese convertirse en uno de los días más luctuosos para Asturias, y para todas las localidades de las cuales procedían aquellos hombres. Pero Muros sería, una vez más, foco de atención y de consternación, al ser la población más afectada por la tragedia.
      Después de haber descargado, el viernes anterior, en el puerto asturiano, y haber cumplido con el preceptivo descanso del fin de semana, el Santa Ana, al mando de su patrón Francisco Gomes Fragateiro, de nacionalidad portuguesa, tomó rumbo a la isla de Erbosa, muy próxima al cabo Peñas, para dirigirse a sus caladeros habituales. Pero algo no fue bien en aquella usual travesía. Inexplicablemente, el barco, de 35 metros de eslora y considerable calado, se aproximó demasiado a la orilla de Erbosa, entrando en una zona de muy poca profundidad y colisionando contra las rocas.
      El Ciudade de Albufeira, que había zarpado también de Avilés sobre la misma hora, fue quien dio el aviso, al perder contacto con el buque siniestrado poco después de las cinco de la mañana. Inmediatamente, se movilizaron todos los medios para el rescate. Varios barcos cercanos pusieron rumbo al lugar del siniestro. También fue inmediata la intervención del Salvamar Rigel y el helicóptero Helimer 203, ambos pertenecientes a Salvamento Marítimo y con base en Gijón.
      Sin embargo, fueron los hermanos Vicente y Gustavo González, propietarios y tripulantes del Maresco, que se encontraba a escasas dos millas de cabo Peñas, quienes rescataron al único superviviente, el segundo patrón, Manuel Simal Sande, de 50 años y natural de Muros. Los tripulantes del Maresco izaron a bordo el cuerpo del muradano, que yacía inerte sobre las rocas, creyéndolo ya muerto. Pero, al hallarlo con vida, comunicaron inmediatamente a los coordinadores del rescate que se dirigían con él hacia el puerto del Gallo, en Luanco, desde donde fue trasladado por una ambulancia al hospital de San Agustín.
      Simal Sande, según él mismo contó luego, habría podido salvar su vida al conseguir salir del barco por un portillo del camarote, donde se encontraban durmiendo, cuando este ya se había inundado.
      Los esfuerzos de los rescatadores obtuvieron sus primeros resultados sobre las diez de la mañana, cuando encontraron flotando, sin vida, los cuerpos del patrón de costa, el portugués Francisco Gomes Fragateiro, y del cocinero, Manuel Indalecio Mayo Brea, de 47 años y natural de Muros.
      El viernes 14 fue recuperado el cuerpo de Lucas José Mayo Abeijón, de 33 años y natural de Muros, y al día siguiente se consiguió sacar al mecánico indonesio, Suherman Hasan. El día 16 extrajeron, también del interior del barco, los cuerpos del joven asturiano, que se encontraba en prácticas, Marcos del Agua Chacón, de 28 años y natural de Oviedo, y del marinero indonesio conocido como «Wasito». También, en esos días, fue recuperado el cadáver del contramaestre portugués, Víctor José Farinhas Braga.
      No fue hasta casi un mes más tarde, el 6 de abril, cuando se recuperó el cadáver del último de los desaparecidos, el vecino de Abelleira (Muros) Manuel Tajes Lestón, que ejercía de jefe de máquinas. Su cuerpo fue encontrado enredado en los aparejos, entre el barco y las rocas de la orilla, por los buzos de rescate.
      En Muros fueron decretados 3 días de luto, y la población asistió en masa, como siempre sucede en estos casos, a los diversos funerales oficiados en honor a las víctimas.

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