La guerra civil
     A consecuencia de la rápida caída de toda Galicia en manos del bando nacional (A Coruña lo haría el 21 de julio y Vigo el 26, tan solo 5 días después. No existiendo apenas resistencia en Lugo y Ourense) Muros no sufrió las secuelas de enfrentamientos directos entre ambos bandos, si bien, al igual que en los demás pueblos y ciudades de España, hubo represalias políticas que se dieron al amparo de una situación de guerra y violencia. La guerra fue muchas veces utilizada como excusa para llevar a cabo venganzas personales, e incluso asesinatos por odio o antipatía.
      Fueron muchos los que, aprovechando la sensación de impunidad que se vivía en aquel tiempo, dejaron aflorar los sus más bajos instintos para ejecutar, en nombre de una ideología que no siempre coincidía con su realidad personal. A aquellos que de una o de otra manera consideraban un obstáculo para sus intereses.
      Muros no estuvo al margen de esos ajustes de cuentas ni de las muertes cometidas por motivos de venganza o afiliación política. Varios fueron los desaparecidos o asesinados por grupos organizados en nombre del bando dominante en la región. Sin embargo, la mayoría de los condenados por rebeldía sufrieron castigos de prisión, siendo la mayoría de ellos indultados al finalizar la contienda. Tan solo algunos, cuya participación en la resistencia fue realmente activa o suponían un peligro para la seguridad del régimen, fueron condenados a penas superiores, llegando en algunos casos a cadena perpetua. Muy excepcionalmente se dio alguna condena a muerte, que fue finalmente conmutada.
      Muchos de los muradanos que se vieron implicados en la contienda estaban viviendo fuera de Muros o se encontraban embarcados cuando ocurrieron los hechos, razón por la cual, la guerra los sorprendió en zonas controladas por el bando contrario, convirtiéndose en víctimas de las circunstancias, sin afiliación política alguna ni intereses ideológicos.
      En Muros se habilitaron durante la guerra dos fábricas conserveras que fueron utilizadas como prisiones militares, conocidas también como campos de prisioneros. Una de esas cárceles se encontraba en el lugar de Anido, muy cerca del Pozo do Cachón, y otra en la conocida como fábrica de Vieta, que perteneció luego a Daniel Rodríguez y de la cual actualmente solo existe la vivienda y la parte que era usada como almacén. Ambas instalaciones alojaron durante la guerra a una buena cantidad de hombres capturados en el frente, todos ellos pertenecientes al bando republicano, asociaciones de izquierdas o desertores. Aquellos que estaban detenidos en Anido fueron los encargados de hacer la calle que va desde la carretera principal hasta las propias instalaciones de la fábrica. Según testimonios reales de algunas personas que vivieron en aquella época: «eran estas instalaciones las preferidas por los prisioneros enviados a los campos de Muros, ya que el comandante que dirigía aquella cárcel, el capitán Pardal, era una persona apreciada por los propios prisioneros, que disfrutaban de una relativa libertad de movimientos. Algunos de ellos llegaron a tener novia en el pueblo y los dejaban salir a diario para estar con ellas. Otros incluso solían recorrer los bares de la Villa al terminar su jornada, relacionándose con los habitantes del pueblo». La calle que lleva hasta antigua fábrica de Anido, que hoy es un restaurante, era conocida hasta no hace mucho tiempo como calle del Pardal, en referencia al capitán que dirigía el campo. En Vieta, sin embargo, el encargado del campo de prisioneros era un hombre considerado muy recto y de carácter severo, por lo cual, los que estuvieron en aquella prisión tuvieron una estancia mucho más dura y desagradable. En todo caso, no hay constancia de que en esos campos de prisioneros se hubiesen infringido castigos inhumanos ni humillantes abusos. La mayoría de los que allí estaban eran jóvenes capturados en el frente, a los que la guerra cogió en el bando equivocado. Y fueron liberados, en su mayoría, al terminar la contienda.
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